A sus 62 años —la edad donde su don brillaba con mayor fuerza— ya cargaba medio siglo leyendo destinos en las manos ajenas, interpretando cartas como quien conversa con viejos amigos y escuchando señales que otros ni siquiera sospechan que existen.
Huérfana desde niña, aprendió pronto que la calle también enseña. A los diez años, mientras muchos soñaban con juguetes, ella dormía bajo el cielo abierto de la Plaza Garibaldi, cobijada por estrellas que, quizá, ya le susurraban secretos. Allí comenzó una vida dura, sí, pero jamás vacía. Porque Carmelita siempre supo mirar donde otros bajaban la cabeza.
Con apenas estudios formales —“lo justo para leer el mundo”, solía bromear— se casó muy joven y también muy joven aprendió que el amor no debe doler. Defendió su dignidad, tomó a sus dos hijos de la mano y siguió adelante, como siempre: con miedo, pero sin rendirse.
Más tarde llegó otra historia, otra fe, otro choque de universos. Él, profundamente religioso; ella, profundamente mística. Discutían, claro. Pero Carmelita tenía una certeza inquebrantable: Dios no se ofende por los caminos distintos, se manifiesta en todos. Criaron cuatro hijos más entre rezos, cartas, discusiones y silencios. La vida volvió a golpear, pero ella volvió a levantarse..
Entre seis hijos, el noble arte de servir como mesera, jornadas exigentes y un hogar que nunca se detenía, Carmelita conservó algo esencial: el tiempo para escuchar. Para tomar una mano temblorosa y decir:
Durante décadas ayudó a miles de personas a verse con más claridad, a tomar decisiones con el corazón firme y a recordar que incluso en la oscuridad hay señales. No prometía milagros; ofrecía verdad, consuelo y dirección. Y eso, muchas veces, es más poderoso.
Cuando el tiempo empezó a desordenar sus recuerdos y el cansancio se volvió insistente, su labor no terminó. Su hijo menor, heredero de la paciencia y experto en el lenguaje de las máquinas, tomó su sabiduría y la sembró en el mundo digital. No para reemplazarla, sino para extender su voz más allá del tiempo.